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Ayer por la noche se presentó el libro Población antigua de Fresnillo, de Carlos Alberto Torreblanca Padilla. Desde que iba en camino al ex templo de la Concepción, estaba emocionado por lo que podría encontrarme en dicho evento; este año me ha servido para darme cuenta de que conozco muy poco acerca de Fresnillo, situación que me llena de vergüenza pero también siento alivio de haberlo hecho consciente. Un problema sólo puede ser atendido cuando nos percatamos de su existencia.

            Cuando uno asiste a la presentación de un libro suele esperar hasta el final de la ceremonia para adquirirlo, de ahí la importancia de que los autores elijan bien a sus presentadores; gran parte del éxito que pueda tener un libro el día de su presentación depende del discurso que ellos emitan. En esta ocasión, ya que el evento comenzó tarde, decidí hacerme de una copia del pequeño documento antes de escuchar los comentarios, la verdad es que ya me andaba por leerlo.

            Tuve poco más de veinte minutos para leer algunas páginas del texto de Torreblanca. El libro habla sobre los primeros habitantes de la región que hoy se conoce como Fresnillo; esto quiere decir que la investigación no trata propiamente del pueblo fresnillense, sino de las civilizaciones que habitaron esta zona antes de que se le nombrara como tal. El estudio, como escribió Torreblanca en tinta negra sobre la primera hoja de mi ejemplar, es un viaje por el pasado prehispánico de Fresnillo.

            Por un momento me sentí estafado. Yo esperaba anécdotas divertidas de un pasado no tan lejano, curiosidades, historias acerca de las calles que hoy transito en la cotidianidad. Lo primero que pensé: que me regresen mi dinero. Afortunadamente recapacité. No sólo es importante considerarlo, sino que también es emocionante imaginar civilizaciones primitivas deambulando por estos lares. Caí en cuenta de que tenía en mis manos un documento de relevancia no sólo para los fresnillenses, sino para historiadores, antropólogos y arqueólogos. Lo que quiero decir —y es necesario recalcarlo— es que este no es un libro de relatos expuestos por un local melancólico; sino un estudio serio, maduro y depurado de un buen investigador.

            Esfuerzos como el del Colectivo 450, quienes organizaron la presentación de este y otros libros acerca de Fresnillo, me parecen notables. Realizar estudios históricos serios no es una acción de altruismo, es un acto de autoconocimiento. Me refiero a que la importancia de estos eventos no es de carácter moral, no se trata de aportar un bondadoso legado a nuestra sociedad y subir al pedestal de los héroes; el asunto es lograr un verdadero estado de comunidad a partir del conocimiento de nosotros mismos y de reconocernos en los otros. Abandonar los terrenos de la indiferencia, generar un sentido de identidad. ¿No es esta acaso una urgencia dentro de las sociedades actuales?

            Como muchos fresnillenses, he cometido el error de ignorar mis raíces. Es cierto que quizá los intereses particulares nos llevan a movernos de lugar y a poner la vista en otras latitudes. Es permisible, saludable y hasta necesario; no obstante, ese no es pretexto para perder el interés por lo que pasa en nuestros lugares de origen. El hecho es que la actividad cultural que hoy se realiza en Fresnillo (como la presentación de este libro), ofrece una oportunidad accesible para acercarnos a la historia de nuestro pueblo.

            He observado con gusto que cada vez hay más actividades de esta índole. Tan sólo ayer tuve que decidir entre asistir a este evento o ir al concierto que se ofreció en el Teatro Echeverría en el marco del III Festival de Música Manuel M. Ponce. Para algunos podría resultar risible, pero hay que decirlo, en Fresnillo hay cosas que hacer. Y no sólo hay cosas que hacer como espectadores, también es importante integrarnos como productores. Es probable que, quienes comenzamos a adentrarnos en la actividad cultural, encontremos cosas que siguen pendientes. En mi caso, como persona interesada por las artes, logro observar que no existen estudios pormenorizados acerca de la historia del arte en Fresnillo (o al menos no he tenido la oportunidad de conocerlos). De la misma manera es lícito preguntarnos ¿Qué pasa con el deporte en Fresnillo? ¿Qué pasa con la ciencia? ¿y con la educación? ¿con la cocina? Podríamos seguir agregando preguntas.

La reflexión sobre estos asuntos podría extenderse y seguramente lo hará, nosotros, la sociedad, marcaremos el ritmo. Por el momento no me queda sino recomendar la integración del lector a la actividad cultural de nuestro municipio, no miento, nos llevaremos una grata sorpresa.

 

Por: Edgar Servando López

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